miércoles, 8 de mayo de 2019

Premio Nacional Universitario de Poesía José Emilio Pacheco 2019

Lectura realizada durante la ceremonia de entrega del "Premio Nacional al Estudiante Universitario 2019" en la ciudad de Xalapa, Veracruz.

"El dolor es un ensayo de la muerte" obtuvo el Premio de Poesía José Emilio Pacheco 2019.

La poesía yucateca contemporánea. Notas a dos antologías


La poesía yucateca pasa por momentos importantes. Autores como Manuel Iris (Campeche, 1983) e Ileana Garma (1985) han dejado, como suele decirse, la vara bastante alta. Otros poetas como Nadia Escalante (1982), Manuel Tejada (1981) o Irma Torregrosa (1993) han aportado también a este fenómeno cada vez más abierto, menos arraigado al terruño y progresivamente más partícipe de situaciones poéticas del exterior. Se vive, a decir de muchos, un buen momento literario. Cierto es, sin embargo, que por asuntos de geografía los vicios de la literatura mexicana alcanzan a la yucateca. Estos tiempos de letras mexicanas permiten cada vez más situaciones que, por ejemplo, nos dejan situar el libro de un poeta como su mejor obra aunque este no contenga su mejor poesía. Libros estructurados perfectamente, realizados a las temperaturas idóneas, no significan precisamente gran poesía en el sentido estricto de la frase.
En este panorama, las antologías –de las que cada vez hay más– juegan un papel decisivo: reúnen voces, líneas, posturas poéticas bajo parámetros puntuales que permiten dar un vistazo más o menos preciso de lo que sucede en un momento y un espacio. Así, en el año 2015, la Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán (SEDECULTA) publica Casi una isla. Nueve poetas yucatecos nacidos en la década de 1980, antología realizada por los poetas Marco Antonio Murillo (1986) y Jorge Manzanilla (1986), autores que, por cierto, también forman parte de ese mínimo grupo de escritores que han aportado lo suyo a la literatura reciente del estado. 
Casi una isla nos presenta, de la mano de sus antologadores, un prólogo que cumple la función de revelar cuáles fueron los parámetros de la selección y cuáles las características del discurso resultante. Nos mencionan, por ejemplo y apunto casi textualmente, que no hay una línea estilística o temática que una las escrituras antologadas sino visiones de mundo particulares y la forma en que cada poeta entiende la noción de poema. Se destaca, claro, la casi impresencia de los hechos culturales yucatecos frente a los mexicanos debido a la lejana relación de la península con el resto del país. Pasamos también por una lista de antecedentes en materia antológica yucateca encabezada por La voz ante el espejo. Antología general de poetas yucatecos (1995) realizada por Rubén Reyes Ramírez (1954); también es válido mencionar Las formas de la nube: antología de poetas yucatecos nacidos en la década de los ochenta (2011), realizada por el mismo Murillo, publicada en el portal de Círculo de poesía. Rematan recordándonos que, como prácticamente todas las antologías recientes, la única intención de la suya es ofrecer una breve muestra del panorama determinado. No hay, pues, pretensiones exageradas. Finalmente, señalan los criterios de selección: que los autores hayan nacido (o posean una residencia de cinco años o más) en la entidad durante la década de 1980, o bien hayan nacido en la década señalada y tengan historial de eventos literarios en Yucatán; que propongan una poética clara y novedosa (en lo que concierne al contexto literario estatal, y esto es importante señalarlo); que sea acreedor y partícipe de premios, encuentros o publicaciones; y, por extraño que suene, que no haya abandonado la poesía de forma definitiva. 
Hay que decir, ahora, que no todos los autores antologados merecen una mención puntual más allá de identificarlos. Como sucede en gran parte de los libros de esta naturaleza, la intención de balancear sus páginas es una tarea imposible. Hay textos de más –que no poetas–. Los seleccionados son: Agustín Abreu (México DF, 1980), Wildernain Villegas (1981), Christian Núñez (1981), Nadia Escalante, Manuel Iris, Karla Marrufo (1982), Ileana Garma, y los propios antologadores: Jorge Manzanilla y Marco Antonio Murillo. De entre todos estos nombres destacan sobre todo los textos de: Abreu, Villegas, Escalante, Iris, Garma, Manzanilla y Murillo, es decir, la mayor parte. Y esto es, por donde se vea, un acierto necesario y digno de celebrarse. Dejamos fuera a sólo dos autores: Núñez y Marrufo, cuyos textos no son un aporte novedoso o, en ocasiones, de calidad; como señala el prólogo. Lo erróneo de este caso no es la inclusión de los poetas sino la irregular calidad y propuesta de sus respectivas páginas. Como ejemplo de esto pueden revisarse sus respectivos poemas “Octuber fields” y “Preacher” por un lado (ambos textos que pretenden ser contundentes en su brevedad, pero que en la práctica logran un chispazo y alguna referencia vacua) y “Leyes de gravedad” y “Lección I” por el otro (impecables en el sentido formal, pero lineales en su discurso hasta el punto de la monotonía que, sumada a los campos semánticos en extremo comunes, terminan en apenas una lectura agradable).
Textos como “Héroe” o “I´m still here” de Agustín Abreu; “La lluvia” o “Yo sé lo que restaré al pasado” de Nadia Escalante; “Nueva Nieve”, “Para brindar ahora” y “Homeless” de Manuel Iris, condensan el valor literario de esta antología y, claro, la indudable calidad de esta generación. Sin embargo, como han señalado algunos, el volumen como totalidad carece de ciertas cosas: no tiene un estudio crítico –por cuestiones editoriales, quizá– y esto resta bastante a la importancia que Casi una isla puede representar para la poesía de la entidad. Son, pues, textos de varia autoría reunidos en un bloque. Un libro colectivo. El trabajo de selección representa tan sólo una parte, un porcentaje del universo antológico. Por otro lado, la falta de los poemas originales escritos en lengua maya por el poeta Wildernain Villegas quedan a deber y, además, contradicen uno de los señalamientos de los antologadores que mencionan que la inclusión de Villegas es debido a la clara relevancia de su obra en el panorama como también a los puentes o diálogos entre la tradición maya y castellana. En pocas palabras, se trata de reconocer la poesía y no la poesía en castellano; intención aplaudible pero opacada por la contradicción que hace desaparecer ese diálogo. Finalmente, la cuestionable inclusión de los propios antologadores en las últimas páginas del volumen. De este tema, incluirse a uno mismo cuando se realiza un trabajo de este tipo, se han pronunciado muchas razones y sinrazones. Por un lado, el trabajo, digamos, académico de realizar un estudio formal de cierta literatura se ensucia por esta autoinclusión de los antologadores que pasan a ser antologados. La razón, en sí, se ubica en que el antologador no pasó por los criterios de selección y su presencia se convierte en un capricho. Pero entonces, ¿qué sucede cuando son dos antologadores y, quiérase o no, forman parte de lo destacable que se estudia? Es cuestionable, por supuesto. Uno de ellos selecciona al otro, hacen “curaduría” como suele decirse de lo ajeno aunque, al final, el visto bueno sea una decisión compartida. Señalamos esto como una debilidad de la antología porque termina confirmando su naturaleza de libro colectivo, de obra literaria a varias manos. El peso del término antología es, quizá, el gran enemigo de Casi una isla. Nueve poetas yucatecos nacidos en la década de 1980. Si bien este es un libro necesario, válido e importante en lo que respecta a la poesía como fenómeno literario y estatal, es un hecho también que en el mundo de las antologías publicadas en la entidad termina por ser un intento que, ya sea por razones editoriales o de cualquier índole, presenta un buen producto con la etiqueta equivocada.

Por otro lado, en el año 2016 se publicó en el portal de Círculo de poesía la Antología de poesía yucateca contemporánea compilada por Alejandro Rejón Huchin (1997). De esta “antología” hay pocos apuntes positivos: es una reunión arbitraria de toda la poesía contemporánea yucateca que, a decir del antologador, inicia con la obra de Raúl Renán (Yucatán, 1928-2017) y concluye –digamos al momento– con él mismo, quien antologa. El orden de los poetas obedece a la cronología, de atrás hacia adelante, pasado y presente del estado. 
Para adentrarnos al contenido de esta reunión arbitraria –no digamos antología– es necesario tomar al antecedente publicado, como se mencionó antes, por Marco Antonio Murillo en el 2011. Existe una similitud entre las dos publicaciones: ambas son alojadas por Círculo de poesía, revista de innegable alcance a pesar de todo. Y punto. La antología de Murillo posee parámetros intermitentemente arbitrarios, pero logra su cometido y el autor practica, claro, sus cualidades antológicas y seguramente comprende, tras la publicación del 2011, la magnitud y complejidad de la Antología. La de Rejón, por su parte, posee un prólogo –que a diferencia del de Casi una isla no es explicativo sino crítico o cuando menos analítico, pero terriblemente mal ejecutado– que pretende comentar las poéticas de los autores a partir de la primicia de que poseen una “propuesta novedosa y bien desarrollada, cuantificable en el marco de la poesía nacional”. En este sentido, figuran algunos de los nombres de Casi una isla, como vimos en su mayoría destacables, y otros nombres ciertamente importantes como José Díaz Cervera (1958) y Fernando de la Cruz (1971). No se necesita ningún sentido crítico para notarlo; cualquier lector en sus cabales que haya tenido contacto con estos dos poetas lo sabe. 
El tema, ahora, es la ingenuidad de quien antologa y, además, decide incluirse a sí mismo como el cierre de la antología. El texto, pues, empieza y termina con Alejandro Rejón Huchin, el antologador. Quien, en el prólogo, no desarrolla nunca la crítica sino la lluvia de conceptos trillados que encajan en cualquier discurso. Cito aquí algunos ejemplos: 

“voz plenamente existencial y críptica”
“a partir de la connotación de imágenes cotidianas que hablan desde el silencio como un todo que va distendiendo su ruptura”
“profundización de la imagen mediante una expresión de un 'yo' fenoménico que habla desde el acaecer como una carne que resiste en el tiempo”
“estética que se basa en lo telúrico y en imágenes elocuentes con una estructura rítmica bien lograda”
“resquicio que opta más por la imagen de lo cotidiano sin perder ese abismo existencial”
“tópicos más clásicos retomándolos desde un plano existencial”
“muestra un afloramiento de la metáfora, haciendo una lectura minuciosa que ilumina la condición humana a la que aluden los objetos”
"logra dilucidar lo mismo desde ciertas instantáneas o situaciones concretas que interpelan la posición del individuo frente a la vida como fenómeno saturado”

Lo rescatable de este prólogo son las obviedades que dictan, por ejemplo, que la obra de Raúl Renán busca romper moldes. De resto, nada.  Lo importante a notar, aquí, es la forma en que el antologador se expresa respecto a los textos: no es una crítica sino frases hechas que funcionan como piezas intercambiables, encajan en casi todas las “visiones de mundo” del fenómeno literario o artístico que se apunte. Hay que señalar, también, que este vicio suele verse en todas las reseñas, a veces críticas, de las que todos hemos sido partícipes. Se agudiza, claro, cuando un montón de textos, como es el caso que nos ocupa, aparecen con el fin de ser leídos pero que, gracias a ése prólogo, terminan lejos del lector. No se puede ignorar un prólogo cuando se presenta como la apertura de una antología; este, al final, es prácticamente un género literario que exige capacidades específicas. No se necesita nada, realmente nada, para agrupar poemas en un procesador de textos. Innecesario es también firmar su conjunto puesto que no se hizo, en el fondo, nada. 
Como nota final, apuntemos que Casi una isla cumple una función necesaria, pero incompleta. El segundo caso, recién comentado, no logra cometido alguno, es un error que, de haberse ejecutado de la manera correcta, consumaría un aporte al menos interesante.


Para consultar:
https://circulodepoesia.com/2016/10/antologia-de-poesia-yucateca-contemporanea/
https://circulodepoesia.com/2011/04/antologia-de-poetas-yucatecos-nacidos-en-la-decada-de-los-ochenta/

miércoles, 31 de octubre de 2018

Entrevista en SOMA por Radio Yucatán FM














El día lunes 29 de octubre estuve en Soma en la cultura, programa de radio dirigido por Ricardo E. Tatto y emitido por Radio Yucatán FM. Charlamos, junto a Ady Teller, sobre diversas cuestiones relacionadas con la labor creativa, la ausencia de una crítica real en torno al arte, y en general de la cultura. También comenté algo de mis libros. 



PARTE II

miércoles, 17 de octubre de 2018

En el nombre del Padre, del Verbo y del espíritu de la Fotografía



Reseña escrita por Sergio Pérez Torres

Formalmente, Médium cumple con la definición que tenemos de elegía “un subgénero de la poesía lírica que designa un poema de lamentación. La actitud elegíaca consiste en lamentar cualquier cosa que se pierde: la ilusión, la vida, el tiempo, un ser querido, un sentimiento, etc.”
El término elegía procede del sustantivo masculino ἔλεγος ("élegos") que designa un canto de duelo acompañado de flauta o (más raramente) lira, pero, así como la poesía nace del canto y en la modernidad se inclina más hacia lo visual, esta obra de Daniel Medina e hija de su tiempo, tiene que ver más con la fotografía, pero ya hablaré de esto más adelante.
La tradición elegiaca por la muerte del padre está bien documentada. Desde el siglo XV ya tenemos  Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique en España. Ya en Latinoamérica en el siglo pasado encontramos Elegía a la muerte Guatimocín, mi padre, alias el Globo, del venezolano Caupolicán Ovalles y Algo sobre la muerte del mayor Sabines, del chiapaneco Jaime Sabines.  
Pero Médium es mucho más intimista que las anteriores, me recuerda más en el tono a un poema de Sylvia Plath, y curiosamente no a su más famoso poema, Daddy que precisamente trata sobre la pérdida de su progenitor, pero de un modo iracundo y vengativo, sino a cierta parte de Three Woman.

Medina escribe: “LA MUERTE ES ALGO / que se hereda: / estoy muerto desde niño.”
Y en Plath leemos: “Cuando fui niña, amé un nombre corroído por el liquen. / ¿Sería entonces el único pecado, este viejo amor / muerto de la muerte?”

* * *

Los catorce poemas y cinco fotografías que integran el cuerpo del libro forman un corpus sólido junto al epígrafe. Tal vez como esa caja maravillosa que tiene mito, poesía, memoria y muchas cosas más por descubrir llamada Nox, de la canadiense Anne Carson, en el que a partir de una cita de Cátulo que desmenuza para dar lugar una elegía sobre la muerte de su hermano mezclada con registro documental. 
Aquí lo interesante, es que, en las fotografías en blanco y negro, las personas aparecen cegadas por líneas rojas, lo que le da unidad orgánica a cuando Daniel nos dice: “SUPIMOS DE TU MUERTE/ cuando en tus ojos se tendió la nada.”.
Éste es un poemario reflexivo pero no sesudo, cerrado pero no hermético. Hay un entramado de temas que se entretejen en Médium, obviamente está la pérdida del padre, pero como en un cuento contemporáneo, existe la doble historia, me parece que lo más presente es la intención de hacer presente la composición de los materiales del libro en todo momento.

En cinco momentos se nombran a las mismas fotografías. 

8. En la que se hace una apología memoria, lo que se conserva y lo imposible de guardar:
Eres una fotografía vieja: / el portarretrato que te guarda no se mantiene en pie. 

10. Una intertextualidad y al mismo tiempo apología al “el hubiera”: 
lo que Sharon Olds nunca pudo: / la fotografía que quiero. / La fotografía / que año con año / quise encontrar en el álbum / de la familia: 

12. La burla de la condición fugaz de nuestros recuerdos y de nuestros intentos por conservarlos:
tu rostro es una fotografía olvidada / a la mitad de un circo. 

13. En donde resume los materiales usados como, digamos, inspiración:
entre papeles y fotografías 

* * *

Debo decir que hay un instinto del tratamiento de los espacios y silencios. Algo que inicio más mentalmente Mallarmé con su tiro de dados. Cuando empieza a nombrar las fotografías, Medina inicia en el 8 y sólo vuelve al tema en los pares, hasta que llega al 13 y detiene ese ritmo. Lo mismo sucede cuando el tratamiento es  metaliterario, el poeta habla del poema y del lenguaje. Inicia en el 1 y sólo trata este tema en los impares hasta que rompe el ritmo después del 7. 

1. El padre es una especie de Adán y al mismo tiempo un Paraíso Perdido:
EL LENGUAJE SE ROMPIÓ / en varias piezas. 
Quiero decir: tu voz es el lenguaje de las cosas. / –O al menos lo fue cuando vivías. / Pienso ahora que el lenguaje / es la piel del mundo. 


3. Una cercanía con la poética del silencio y del bloqueo del escritor, pero que desemboca en la exaltación del padre: 
Hay algo que me impide / alimentar la hoja / llenar el espacio en blanco / de tu nombre. 
Dices mi nombre. / Y en esta página / brota el poema más perfecto.

5. En una especie de comparación de la escritura con una ouija en la que es posible comunicarse con los que se han ido, pero con un resultado defectuoso porque no se tienen todas las palabras:
TRABAJO / ahora escribo / a las afueras de la página. / Trato de charlar con los difuntos. / Lo imposible vuelve / regresa para repetirse. / La lengua es muda en tiempos de sequía. / La sangre llama. / Escribo la muerte / página por página / y lo imposible trastoca la estructura. / Digo retorno, autopsia / nada sirve. 
Hay una línea extensa / entre los muertos y los vivos / entre estos mundos que aunque lejos / son sinónimos. / Hay una línea extensa que nos une. / Pero 
qué palabra puedo usar / para decir los huesos. 

7. Donde tal vez está el momento más místico del libro, emparentado con un budismo zen:
Creo que te invoco / a cada sílaba y a cada golpe. / Que logro escribir / lo que realmente espero / que digo palabra por palabra / lo que siempre quise. 
El poema no es contacto / es un vacío como el odio 

12. De un modo conciso el poeta no teme rendirse en mostrar la vulnerabilidad de un cliché para lograr el efecto de intimidad en el lector:
TE ESCRIBO PARA NO OLVIDARTE. 

13. En donde superpone la vida al arte, y manifiesta que el detrás de páginas (por no decir detrás de cámaras) es más importante que la obra terminada. 
POR MÁS QUE ARMO LAS PÁGINAS DE ESTE LIBRO / entre papeles y fotografías / por más que logro superar momentos terribles de la infancia / por más que tomo el pulso de tu herencia / en mi pecho: / no vives : no hablas / y varios metros bajo tierra / la poesía sigue siendo inútil. 

14. En una especie de comparación de la escritura con una ouija fallida
ESCRIBIR SOBRE LOS MUERTOS / no se parece en nada /a una invocación.

martes, 16 de octubre de 2018

Poesía en tiempos de relleno



A Enrique Carlos y Fernando Carrera,
por la charla que antecede al texto

La poesía  mexicana y los seres que rodean el fenómeno viven constantemente la disputa de si existe o no una crisis en el ámbito literario del país. Los premios y las becas son el centro de la discusión; también la Maldición de las 60 Cuartillas. La realidad es que los libros premiados que carecen de poemas genéricos son pocos, es decir, poemas que pueden aparecer en cualquier otro libro del mismo autor o incluso en obra ajena. Es normal dividir un libro en tres secciones, y dotar a cada sección con un poema poderoso que de alguna forma sostenga lo genérico de otros. Los finales aforísticos dispuestos en dos versos están a la orden del día. 
Es indudable que los premios y becas han modificado –y aumentado– la producción de poemas. Es impensable para los autores dar una respiración entre libro y libro porque el tiempo es oro. Los poetas que obtienen premios importantes no son necesariamente grandes poetas, pero su escritura suele reflejar, en casi todos los casos, un conocimiento poético verídico, una idea de poema que quizá es eclipsada por los mecanismos de publicación y validación actual. Planteemos una situación hipotética: uno de estos poetas publica dos o tres libros cada año y su carrera empezó hace un lustro. Tiene entonces diez o más libros publicados; de ellos, sólo la cuarta parte es valiosa. Un lector, entonces, tiene amplias posibilidades de conocer su trabajo mediante los libros no valiosos –es decir, aquellos libros plagados de poemas genéricos y temáticas de moda–  y decidir jamás volver a este autor. Escribir es generar significaciones de lo imposible, publicar es querer ser leído. Pasa entonces que quizá muchos de nuestros poetas no quieren ser leídos: la publicación de su obra es mera consecuencia de lo premiado. 
Por otro lado, hallar libros que con una extensión menor serían buenos es común. La plaquette no entra en el sistema actual, por lo que grandes obras de la tradición literaria universal no podrían ser validadas en esta época ni concursar en los certámenes de prestigio. Por el contrario, el facilismo de las construcciones de libros del ahora es indudable. Pensemos en la gran cantidad de autores que sostienen su carrera literaria en uno o dos libros destacables, pero su bibliografía consta de más de veinte volúmenes para el olvido. Diríase entonces que estamos en los tiempos del relleno, en los tiempos del autor-libro condicionado por su contexto de producción. 
Algunos autores escapan, claro, de lo dicho anteriormente. Muchos otros no. La fatalidad no debe acompañar estas cuestiones: la crisis dependerá siempre de los puntos de vista, y los poemas seguirán ahí, intactos. Viendo hacia el futuro, es lógico pensar que, a pesar de esto, ocurrirá la implacable selección natural que acompaña a la poesía. Al final quedarán los libros que debían quedar, y todo esto será sólo una página oscura en los libros de la época.

viernes, 9 de febrero de 2018

Publicar y arrepentirse


Para mis amigos del taller

Quiérase o no, publicar es un acto necesario cuando se inicia en la escritura. Y más que eso: escribir y publicar son en principio la misma cosa. Se ha dicho muchas veces que la poesía mexicana, por ejemplo, debe su “crisis” a las facilidades que otorga la actualidad para quien desea o patológicamente necesita una publicación, y es que tienen algo de certeza cuando mencionan que publicar es, en estos tiempos, lo parte más sencilla del oficio. Por eso nos apresuramos en el acto, y me atrevería a decir que todos, sin exepción, alguna vez lo hicieron.
Publicar un primer texto entre los 15 y los 20 años es común. Arrepentirse de dicho texto entre los 15 y los 80 también lo es. Pensemos, entonces, en la importancia del suceso: ¿qué sería de mí, autor, sin ese primer acercamiento? Probablemente nada. Quizá después llegue la primera plaquette o la primera antología de la que también vamos a arrepentirnos. Hemos sabido de escritores que buscan eliminar su texto de tal o cual revista, descolgarlo de internet o simplemente negarlo. La realidad es que siempre es demasiado tarde.
De raíz, el problema de publicar cuando se inicia es que se torna enfermedad: una vez que ocurre muchos no pueden detenerse, y los mismos tres o cuatro textos aparecen en veinte o treinta revistas (que muchas veces publican cualquier cosa, cosa que me parece es en gran parte un problema), dos o tres antologías y un par de videos. Uno, con pleno desconocimiento, desea sólo figurar en lo que hace. Publicar es existir. Y muchos existen a la fuerza y demasiado pronto. Escribir poco y publicar poco no es necesariamente bueno. Del mismo modo, escribir mucho y publicarlo todo no es del todo erróneo. Digamos, pues, que los rituales de publicación dependen de los autores en absoluto. 
Vuelvo a decirlo: publicar es necesario en tanto que nos quita la vergüenza, y renegar de lo publicado es el paso natural. La confianza sigue, cómo no, intacta. Para nadie es un secreto que la escritura es un juego de ensayo y error, de intentarlo sin más. Los autores de más experiencia recomiendan publicar cuando la madurez nos haya alcanzado –o la hayamos alcanzado– pero ¿qué hay del ensayo-error que detona en la confianza? Vale la pena retomar el prólogo de Poesía, una historia de locos del gran Antonio Cisneros: 

Mi primer librito, Destierro, recién salido de la imprenta de mano del poeta Javier Sologuren, era cosa mejor que un buen verano. Creo que entonces ya no tenía espacio para más felicidad. […] La plaquette, de 300 ejemplares en color salmonado, me dejó como saldo un pan con chicharrón, dos empanadas de Solari, una coca-cola y, sobre todo, la desvergüenza necesaria para seguir publicando poesía. (p. 7)

Publicar otorga la sensación de Ser Escritor –así, con las mayúsculas– y dependerá, el porvenir, de la visión de ese escribiente primerizo. Obtener la desvergüenza es la primera necesidad de quien escribe, asumir el probable error, quizá, es la segunda.